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Cuando el verano vuelve a devorar nuestros montes

Hace un año escribí un artículo titulado “Cuando el verano devora nuestros montes”.

Lo escribí después de uno de los veranos más devastadores que recordamos. España ardía. Los incendios se llevaban por delante miles de hectáreas, pueblos, explotaciones, animales y vidas. Y mientras contemplábamos aquellas imágenes desoladoras, muchos nos hacíamos las mismas preguntas: ¿qué estamos haciendo mal?, ¿por qué seguimos llegando tarde?, ¿por qué hablamos de prevención cuando el monte ya está ardiendo?12 meses después, lamentablemente, vuelvo a escribir sobre lo mismo.

Y eso, sinceramente, me quita el sueño.

Porque el verano de 2026 tampoco nos ha dado tregua.

Hasta el 31 de agosto, España había registrado provisionalmente 264.656 hectáreas quemadas y 44 grandes incendios forestales. Es cierto que la cifra es inferior a la registrada en las mismas fechas de 2025, pero sigue siendo una auténtica barbaridad. Y no son sólo números. Detrás de los datos hay algo que las estadísticas nunca podrán reflejar completamente:

Hay bosques que tardaron décadas en crecer. Hay animales que no pudieron escapar. Hay agricultores y ganaderos que han perdido parte de su forma de vida. Hay familias que han tenido que abandonar sus casas. Hay pueblos que han vuelto a mirar al fuego con miedo. Y hay un patrimonio natural que no se recupera de un día para otro.

¡Seguimos llegando tarde!

No quiero entrar en debates políticos. No quiero buscar culpables desde un despacho ni convertir una tragedia en una batalla ideológica. Quiero hablar de algo mucho más sencillo: prevención.

Porque seguimos llegando tarde. Seguimos combatiendo el fuego cuando deberíamos llevar meses trabajando para evitarlo. Y el problema comienza mucho antes. Se va gestando cuando el monte acumula toneladas de materia vegetal. Cuando los caminos desaparecen. Cuando los cortafuegos no reciben el mantenimiento necesario. Cuando las parcelas agrícolas se abandonan. Cuando desaparece el ganado que durante generaciones pastó en nuestros montes. Cuando dejamos de aprovechar de forma sostenible los recursos forestales. Cuando nuestros pueblos pierden habitantes y actividad. Y cuando convertimos el territorio en un paisaje aparentemente protegido, pero cada vez más vulnerable ante un incendio de comportamiento extremo.

Un estudio reciente sobre los incendios de 2026 revela que casi el 30% de la superficie quemada hasta el 24 de agosto se encontraba dentro de espacios naturales protegidos. La protección jurídica, por sí sola, no impide que el fuego entre. La propia investigación señala factores como la meteorología extrema, la continuidad de la vegetación y la acumulación de combustible.

Y aquí está una de las claves que seguimos sin querer afrontar: Proteger la naturaleza también significa gestionarla. El monte necesita actividad.

Durante siglos, nuestros montes han sido utilizados y cuidados por las personas que vivían en ellos. La ganadería extensiva, la agricultura, el aprovechamiento de la madera, la recogida de leña, la limpieza de caminos, los aprovechamientos cinegéticos y tantas otras actividades formaban parte de un modelo rural en el que el hombre y la naturaleza convivían. Quizá no era perfecto. Pero había gente viviendo en los pueblos. Había ganado. Había campos cultivados. Había caminos. Había aprovechamiento. Había vigilancia. Había una gestión constante. Hoy, en demasiados lugares, el campo se ha vaciado y el monte se ha llenado de combustible.

Y después nos sorprendemos cuando llega el fuego.

Esta frase me la enseñaron hace muchos años las personas de campo: “Los incendios se empiezan a apagar en invierno”. Y cada año estoy más convencida de que no hay una frase más sencilla ni más acertada. El invierno es tiempo de limpiar. De desbrozar. De abrir y mantener cortafuegos. De recuperar caminos. De gestionar la biomasa. De crear discontinuidades en la vegetación. De recuperar zonas agrícolas. De fomentar el pastoreo. De trabajar con los propietarios forestales. De planificar. De invertir. De preparar nuestros montes para el verano. Porque cuando llegan los 40 grados, el viento y una vegetación completamente seca, ya es demasiado tarde para empezar a pensar qué deberíamos haber hecho.

¿Y nuestros brigadistas?

He aquí otra cuestión que sigo sin entender ¿Por qué seguimos pensando en muchos profesionales de la extinción como trabajadores temporales? Los hombres y mujeres que se enfrentan al fuego durante los meses más duros acumulan una experiencia y un conocimiento del territorio que deberíamos aprovechar durante todo el año. Necesitamos profesionales trabajando también en invierno. Necesitamos equipos dedicados a la prevención, al mantenimiento, a la vigilancia, a la limpieza y a la gestión del monte. ¿Eso significaría empleo estable? Por supuesto. Significaría conocimiento. Significaría actividad económica. Y significaría, además, ayudar a crecer la población en nuestros pueblos.

No podemos permitirnos que nuestros montes estén abandonados durante ocho meses y después pretender solucionarlo todo en los meses de mayor riesgo.

Por eso creo que ha llegado el momento de cambiar el enfoque.

Dejar de preguntarnos únicamente cuántas hectáreas han ardido y empezar a preguntarnos cuántas hectáreas hemos conseguido proteger.

Dejar de medir únicamente los medios que ponemos cuando comienza el incendio y empezar a medir cuánto estamos invirtiendo en evitar que ese incendio se produzca o se convierta en incontrolable. Dejar de hablar de prevención como una palabra bonita y convertirla en una verdadera política de Estado. Porque el próximo verano llegará. Porque los incendios del próximo verano se empiezan a apagar hoy.

Y ya no podemos decir que no lo sabíamos.