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"Los collares colgados": relato ganador II Certamen liter谩rio Antonio Mata

A continuación, os dejamos el relato ganador del II Certamen Literario Antonio Mata, de Sergio López Vidal, ¡Enhorabuena!

El hombre abrió la puerta de la caseta antes de que amaneciera del todo. El aire frío entró primero, con ese olor húmedo que deja la noche cuando se retira y que parece quedarse agarrado a la ropa. El candado sonó al girar y la madera cedió despacio. Dentro, la oscuridad parecía esperar. Encendió la bombilla amarillenta que siempre tardaba un segundo en imponerse. La linterna dejó de tener sentido. La caseta no era grande: cuatro paredes sin revocar, techo bajo, una mesa bajo la ventana, un banco junto a la pared y, ocupando casi todo el lateral izquierdo, una tabla de madera donde colgaban los collares.

Había de todo: cuero antiguo, hebillas gastadas, trozos de cuerda que sustituían piezas perdidas, chapas con nombres borrados por el tiempo. No estaban alineados como trofeos, pero tampoco en desorden. Parecían haber encontrado su sitio por sí mismos. El hombre dejó la gorra sobre la mesa, se pasó una mano por la frente y miró la pared Lo hacía siempre que entraba. Nunca hubo prisa en ese lugar. El tiempo tampoco mandaba tanto.

En la mano derecha llevaba un collar nuevo, aún rígido. Lo sostuvo unos segundos, más por necesidad que por indecisión. Dio un paso hacia adelante. Desde cerca podía ver en la madera las marcas de los años: rozaduras, manchas antiguas de aceite, un pequeño corte en forma de media luna. Como tantas otras veces, empezó recordando al primero.

Tano llegó cuando aún todo parecía estar en su sitio. Un vecino avisó de que habían dejado unos cachorros junto al puente de la rambla y él bajó con una caja de fruta. De los tres, uno ya estaba muerto. Los otros dos apenas respiraban. Solo uno sobrevivió a la noche. Tenía en el lomo una mancha con forma de mapa y alguien dijo “Tano”, sin pensarlo demasiado. El nombre se quedó y nadie lo discutió.

Creció torpe, alegre, testarudo, con una mirada limpia que desarmaba cualquier reproche. Se acostumbró a dormir cerca de la chimenea. En invierno, cuando el fuego sostenía las tardes, se echaba lo bastante cerca como para sentir el calor, pero nunca tanto como para que el humo le molestara. Seguía con los ojos cada pequeño gesto de la casa. No esperaba nada. Estar cerca le bastaba.

Una tarde no volvió. Lo buscó durante horas. La casa se llenó de una espera espesa, difícil de mover. Al tercer día, ya de noche, escuchó un gemido en el jardín. Tano regresó cojeando, cubierto de arañazos, con una rama clavada en la pata. No había miedo en su mirada. Solo agotamiento. Él lo curó con paciencia, sin decir palabra. Aquella noche el perro no se movió del hogar. Dormía, respiraba hondo y, de vez en cuando, abría un ojo para comprobar que todo seguía ahí.

Pasaron años. Cuando Tano murió, el hombre cavó detrás de la caseta y dijo su nombre en voz baja. No hizo falta nada más. Luego limpió el collar, lo engrasó y lo colgó en la pared. No lo sabía entonces, pero estaba inaugurando algo. Un gesto que iría volviendo con los años.

Chispa llegó tras un tiempo de calma. Era pequeña, nerviosa, imposible de contener. En ella todo parecía acelerado. Corría detrás de cualquier sombra, ladraba al aire si el viento cambiaba de dirección, y se quedaba mirando una hormiga como si fuera un acontecimiento. Un día desapareció más de lo habitual y la inquietud fue creciendo. La encontraron en un barranco, enganchada por el collar a una rama. Había luchado hasta rendirse, pero seguía viva. Durante las tormentas buscaba refugio bajo la mesa, temblando hasta que el cuerpo volvía a obedecer.

La enfermedad llegó demasiado deprisa. Él salió al patio para respirar antes de volver a entrar. Cuando colgó su collar junto al de Tano, el gesto ya tenía forma. No era homenaje. No era despedida. Era una manera discreta de decir “estuviste aquí”.

Moro era distinto. Tenía una cicatriz en el costado y una serenidad que nadie le había enseñado. No se imponía, no reclamaba, pero siempre estaba. Un invierno, la niebla cubrió los caminos y el hombre comprendió que se había perdido. No fue pánico. Fue una certeza incómoda. Entonces sintió el roce en la pierna. Moro estaba allí. Avanzó unos pasos, se detuvo y volvió la cabeza. Él lo siguió sin discutir. Nunca supo si el perro conocía el camino o si el azar hizo el resto, pero regresaron. Desde entonces, cuando alguien preguntaba por Moro, la respuesta le salía breve y con media sonrisa.

Luna llegó cuando la casa ya se había quedado grande. Las hijas se habían ido. El silencio pesaba en ciertos momentos del día. Ella se instaló sin ruido, como quien no quiere molestar. Caminaban cada tarde por el mismo sendero, a un ritmo que la edad iba marcando. Luna empezó a cojear. La veterinaria explicó lo evidente. El invierno fue largo. La perra dormía junto a la estufa y levantaba la cabeza cada vez que él cambiaba de postura. El día en que ya no pudo levantarse, la casa quedó atravesada por un silencio distinto. Él tardó semanas en colgar el collar. Cuando por fin lo hizo, abrió la ventana y permaneció de pie un minuto largo, sin contar el tiempo, dejando que el aire entrara en su cuerpo.

Desde entonces, el ritual quedó escrito para siempre: limpiar, colgar, nombrar y guardar silencio.

La caseta olía a madera gastada y a cuerda. Las botas descansaban junto a la puerta. El banco tenía siempre la misma manta plegada. Por la ventana se veía un trozo de monte que parecía permanecer, aunque cambiara cada día. Él aún salía al campo, aunque menos. En la plaza, las conversaciones iban de la lluvia al precio del pienso, y a los hijos que ya no vivían allí. Nadie preguntó nunca por los collares. No eran un secreto. Solo pertenecían a esa parte de la vida de la que apenas se habla.

El cuerpo empezó a marcar límites. Las rodillas protestaban. Las manos amanecían lentas. Una cuesta le obligó a detenerse. La hija mayor lo llevó al médico. Hubo recomendaciones. La pequeña dijo que quizá sería mejor no tener ya más perros. La nieta, en cambio, dejó una frase flotando: el abuelo sin perro no es el abuelo. Él sonrió apenas.

 Volvió a aparecer la posibilidad: una camada sin hogar. Esa noche durmió a medias. No era inquietud. Era una llamada tenue. El cachorro llegó un sábado por la mañana. Patas torpes. Orejas grandes. Mirada de sorpresa. A media tarde ya estaban en la caseta. El perro se quedó en el umbral. Observaba. Él colgó el collar nuevo, aún vacío, entre los otros. Pronunció un nombre en voz baja, aunque todavía no era definitivo. No pretendía sustituir. Solo reconocer que la vida continuaba.

Ese fue un tiempo particular. Él empezó a ajustar su ritmo. Lo hacía sin darse cuenta. Caminaba más despacio, daba más rodeos para evitar las cuestas, descansaba a la sombra con una naturalidad que antes no tenía. El cachorro aprendió a esperarlo. No era obediencia, sino otra forma de estar juntos.

La nieta apareció más a menudo por la casa. Entraba en la caseta con cuidado, como si supiera que allí había algo que no debía tocarse demasiado. Un día preguntó si guardaba los collares para recordar. Él respondió que para que no se fueran del todo. Ella señaló el collar vacío. Dijo que esperaba que tardara mucho en usarse. Él no corrigió nada. Sabía que el tiempo tiene su propio modo de hablar.

El nombre terminó asentándose: Faro. Nadie lo eligió. Simplemente ocurrió. Con el tiempo, el animal empezó a dormir cerca de la cama cuando el viento movía las persianas. Esa presencia discreta le bastaba.

Los años siguieron, sin grandes acontecimientos, con la calma de lo cotidiano. Él aceptó sus limitaciones. Faro adaptó la energía. La caseta siguió siendo ese lugar donde la vida podía mirarse sin demasiadas palabras. El hombre abría la puerta, encendía la luz, se sentaba en el banco y dejaba que el silencio hiciera el resto. Faro prefería quedarse en el umbral. Nadie se lo había explicado. Aun así, lo respetaba.

A veces, mientras miraba la pared, el hombre recordaba escenas concretas: una mañana de escarcha, una tarde de verano en la que el agua del pozo sabía más fresca de lo habitual, una conversación breve en la plaza sobre cualquier cosa sin importancia. Todo eso acababa volviendo, de algún modo, a los collares.

Un día, la nieta preguntó qué hacer con la caseta cuando él faltara. Él respondió que la cuidaran. Y que los collares debían quedarse allí, sobre todo si Faro seguía viviendo. Ella asintió con una seriedad nueva.

Hubo veranos largos, otoños claros, inviernos de manta y estufa. Llegó también un cansancio más hondo. Faro empezó a caminar despacio. Él dejó de subir al monte. Aun así, siempre que podía, volvía a la caseta. Abría la puerta. Miraba la pared. Allí la memoria no pesaba. Acompañaba.

Una tarde de invierno, la luz entraba baja. El polvo flotaba inmóvil. El mundo parecía detenido. El hombre se sentó en el banco, más cansado que otros días. Recordó a Tano, a Chispa, a Moro y a Luna. Luego vinieron a su memoria los años siguientes. No sintió tristeza. Lo que llegó fue una gratitud tranquila, casi física, que no necesitaba nombre.

Faro estaba en el umbral, quieto, como hacía casi siempre. No necesitaba entrar para estar con él. Había algo en esa manera de acompañar que hablaba por sí sola.

Entonces comprendió algo que llevaba años rondando sin tomar forma. No colgaba los collares para aferrarse a lo que se había ido. Lo hacía para cuidar lo que seguía presente. Cada ser que pasó por su vida le enseñó una manera de estar en el mundo. La fidelidad no estaba en los objetos, sino en el gesto de volver y mirar. En seguir nombrando lo que uno no quiere que desaparezca.

Se levantó despacio. Apoyó la palma en la madera. Dijo un nombre. Tal vez varios. Apagó la luz y salió. El viento movía las ramas. Faro caminó a su lado, sin rozarlo, pero sin alejarse.

La nieta, cuando empezó a ir sola, hacía exactamente lo mismo. No era un tema del que hablaran, pero ambos sabían de qué se trataba. Con el tiempo habían aprendido a entenderse sin demasiadas explicaciones.

El monte cambió despacio. Los almendros florecieron algunos años con más generosidad que otros. Las lluvias llegaron tarde unas primaveras, temprano en otras. Los vecinos nuevos aprendieron los nombres de los caminos. Todo parecía moverse y, al mismo tiempo, permanecer.

En la caseta, los collares siguieron colgados. No estaban allí para recordar el pasado, sino para darle un lugar a lo vivido. Algo que sostiene sin pedir nada a cambio. Con el tiempo, la luz amarillenta de la bombilla continuó encendiéndose cada mañana con ese segundo de retraso, y mientras eso ocurriera, una parte de todo lo compartido seguiría en pie, aunque nadie lo dijera en voz alta.